Ensayo: Más que siete letras por Erika López Cañarte




Más que siete letras
Erika López Cañarte.
El respeto es más que un valor. Basarlo en cuestiones moralistas y costumbristas es lo que, muy probablemente, ha ocasionado que hoy en día la figura de este se difumine hasta convertirse en un simple envoltorio y en el fallido escudo de una reflexión. Muchas veces, hablar sobre el respeto resulta fácil. Y en muchas más ocasiones, es la táctica de escape que se emplea cuando no se tiene una respuesta fundamentada o simplemente no se sabe cómo conseguir de otro modo que se acaten las consecuencias. Una bomba de humo que empleamos a diario y a lo largo de nuestras vidas, más por corriente que por vocación. Pero ¿cómo sabemos lo que realmente significa el respeto? El respeto, con pronombre para darle la identidad propia que merece, puede ser fácilmente resumido como la estima que le profesamos a algo o alguien: al prójimo, a la propiedad ajena, a los animales y, por sobre todas las cosas, a uno mismo.
Resumirlo así de simple, sin embargo, suena mezquino. Recuerdo a mi profesora de ética de vuelta en quinto semestre, en una de esas clases nocturnas a las que uno llega cansado y con el único deseo de salir corriendo (un poco de ironía reservada para más adelante). Por cuestiones del syllabus, debíamos estudiar los valores para posteriormente aplicarlos a la sociedad civil y al entorno empresarial, pero antes de llegar a esto nuestra maestra, ya con bastantes años de experiencia tiñéndole su corto cabello, nos instó a cada uno de los presentes a que mencionemos el valor que considerábamos más importante para una buena convivencia. Recuerdo, de igual manera, que apenas llegamos a diez valores (misma cantidad que luego nos fue preguntada en el examen) y entre estos resaltaba el respeto. Según nuestra profesora, este valor va siempre de la mano con la tolerancia y el amor porque cuando no existe ninguno de estos, a la hora de la hora no somos capaces de diferenciar lo que es correcto y lo que no al momento de tratar con los demás.
Visto así, el resumen acerca de lo que significa el respeto va haciéndose un poco más largo, más sustancial y menos improvisado. El respeto, para darle otro sentido a las palabras ya expuestas, es una de las más grandes expresiones de amor y comprensión que podemos regalarle a los demás: a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros profesores e incluso a esas personas que no conocemos pero que se toman la molestia de darnos los buenos días o desearnos un buen día cuando se cruzan en nuestro camino. Porque la educación es un signo de respeto también, no pretendamos hacernos los desentendidos. Y es quizás, lo que los jóvenes de ahora no comprendemos. O no nos damos el tiempo de comprender por estar ocupados pensando en otras cosas que consideramos importantes, pero que al final del día su naturaleza superflua no tarda en salir a la luz. Aunque esto no aplica solamente a los jóvenes, más bien parece apañarse a toda la sociedad actual.
También recuerdo que nuestra profesora, aquella que vestía con trajes de color pastel y parecía salida del escaparate de una tienda, nos habló en más de una ocasión sobre Immanuel Kant y sus remarcables aportes como filósofo y catedrático. Entre estas aportaciones se encuentra aquella que sugiere que el respeto es lo mismo que la conciencia moral; es decir, el sentimiento moral y la persona moral deben resaltar en el respeto para que de esta forma el hombre pueda lucir su auténtica personalidad. Comprometerse también va de la mano con las básicas denominaciones acerca del respeto, junto con la responsabilidad (siempre y cuando esta se fundamente en el poder de dar una respuesta a nuestras acciones). De acuerdo a Martin Heidegger, también filósofo alemán, “sin el respeto a nuestra conciencia moral carecemos de dignidad y por lo tanto de un auténtico amor hacia nosotros mismos, ya que es en el ámbito de la moral en donde realmente nos distinguimos de los animales”. Esto quiere decir que cuando nos dejamos guiar por la ley moral, procedemos a tomar conciencia de nuestra propia autonomía existencial, siempre y cuando a este sentimiento se le acompañe del sentimiento por la responsabilidad. O sea, “está en mi valoración con respecto del objeto el respetar o no respetarlo, por ello es importante agregar el amor a los valores de los que se es responsable” (Vilchis, 2002).
Los trabajos de Kant también destacan por sus grandes aportes a la filosofía de la pedagogía, a la educación en general. Este autor alemán manifiesta en uno de sus escritos que la subjetividad humana es, de hecho, uno de los principios fundamentales de la pedagogía universal actual, definiendo así a los actores principales de los procesos formativos y educativos como sujetos que no pueden instrumentalizarse de forma recíproca. Para Kant, si queremos mejorar el mundo lo más apropiado es cambiar la manera en la que somos educados. Sin embargo, y del mismo modo, el filósofo considera oportuno señalar que “la educación es el mayor y más difícil problema que cabe plantear al ser humano”. Esto se debe a que “el conocimiento depende de la educación, y la educación depende, a su vez, del conocimiento”. Y aunque suene un poco confuso en un principio, sus ideas no están tan alejadas de la realidad a pesar de que sus escritos datan del siglo anterior ya que ya inclusive en ese tiempo “se lamenta de que viviamos una época de disciplina, cultura y civilización, pero no con mucho de moralización”. La moralización, cabe destacar, implica procesos educativos que tengan como fin el desarrollo del carácter moral tanto de niños como de jóvenes, instando de paso a que estos cumpliesen con deberes para consigo mismo y para con los demás. Como deberes para con uno mismo se entiende el sentido de la dignidad, siendo su deber también el no desistir de esta dignidad de la humanidad. Como deberes para con los demás, Kant destaca la temprana inculcación del respeto y consideración del derecho de los demás (Kanz, 2001).
Consideración, tolerancia, amor y moralización son las palabras que engloban un valor de siete letras, que es mucho más que ese número, los enunciados que lo acompañan y las raíces etimológicas respectus que significa “mirar atrás”. Es tal vez, otro de los motivos por los que el mundo moderno parece no compaginar con este valor y, más bien, parece dispuesta a lucir con altivez la gran escasez de respeto que la caracteriza. Gómez Zarate tiene razón al decir que hoy vivimos en una sociedad famélica en convivencia e igualdad social, que compartimos con una colectividad sedienta de compromiso y paz, y que la única forma de componer toda esta retahíla de crisis es con educación (Gómez, 2016). Para ella, los valores “son parte del acervo cultural de nuestros mayores. Es la verdadera herencia que nos legaron nuestros: padres, maestros, o quienes ejercieron un rol significativo en nuestras vidas”. O sea, son nuestros padres y maestros los encargados de educarnos de forma ética y moral, acompañando su formación con valores que más adelante nos sirvan para poder darle sentido a cada una de nuestras acciones. De esta manera, son las lecciones que ellos nos inculquen las que dictarán las normas de convivencia y comunicación que manejemos dentro de la sociedad, primando en estas lecciones aquella sobre el respeto pues a fin de cuentas es la base para acatar las condiciones.
De acuerdo con Immanuel Kant y otras de sus contribuciones a la filosofía de la educación, esta se trata de “primer acercamiento implica que el alumno no puede ser tratado solo como un medio, sino que siempre debe poder mantener sus propios fines”. El autor se refiere a esto como la idea de que persona es el ser que se pone sus propios fines y que en la medida que no puede hacerlo, es decir en la medida que no se respeta su libertad de establecer sus fines, no se le está tratando como persona. O sea, esto puede suceder cuando las instituciones educativas son quienes deciden en su totalidad sobre la educación del estudiante, obviando su elección y pasando por alto tanto su valor como su moral; los alumnos no son tratados como lo merecen, por el contrario, se los mira únicamente como medios de tal modo que basa su supervivencia como tal escuela o universidad en tener alumnos y para ello los busca, los atrae.
Más de uno ha escuchado la siguiente reflexión en algún momento de su vida: el respeto de uno termina, donde comienza el respeto del otro. Pero, en muchas de las veces, queda como una frase trillada que se emplea en las redes sociales para captar la atención de más amigos, más público, en lugar de ponerla en práctica sin que nadie se entere. Esto también ocurre porque nos hacemos de oídos sordos y nos creemos que estamos por encima del otro (entiéndase nos como individuo y no colectivo, como persona responsable de sus propias acciones). Especialmente cuando llegamos a la universidad, más cuando vamos avanzando en semestres hasta alcanzar la meta de egresar y, finalmente, graduarnos con el título deseado. Como se expuso con anterioridad, los profesores desempeñan un rol altamente importante en la vida del alumno, pudiendo hasta convertirse en esa figura, en ese mentor, que inspire al estudiante en su vida profesional. Sin embargo, el campus universitario difiere de las escuelas porque a estas alturas los estudiantes tienen un criterio más formado que en su etapa colegial, por lo que resulta un mayor reto para los catedráticos el dejar una buena impresión en sus pupilos.
Lastimosamente, hoy en día escuchar a un profesor en plena cátedra resulta cansino y agotador. Prueba de ello son las clases nocturnas, aquí viene la parte irónica del párrafo un poco más arriba, clases a las cuales, muchas de las veces, se asiste por obligación: asistencia, participación por puntos o cualquier otra curiosa manera que se le ocurra al maestro para conseguir quórum en su clase. ¿Es esto una falta de respeto para con el profesor? Pues, aunque nos cueste admitirlo en voz alta, sí, porque aquel adulto, de pie junto al pizarrón, pasando las diapositivas, con la mirada exhausta de tanto intentar ganarse la atención de sus interlocutores, ha preparado la clase con esmero para poder hacerla interesante sin que pierda coherencia y contenido académico. Mientras que el alumno presta atención únicamente al juego para no perder, a la conversación el compañero de la banca contigua o a la conversación en línea que sostiene con su amigo al otro lado del curso; también están los que salen de la clase o prefieren dormir en el puesto del fondo, porque un aula es ciertamente una jungla en la que uno se encuentra de todo, hasta lo que menos se sospecha.
Sin embargo, ese es apenas un lado de la moneda porque como para todo en esta vida existen dos lados en cada situación. Permítanmelo plantear de esta manera, ¿no es acaso una falta de respeto para el estudiante que un profesor acuda tarde a su clase, que se dedique a leer el juego de diapositivas proyectadas o que, en el peor de los casos, se dedique a platicarle a la clase sobre su vida personal? Aunque cueste admitirlo, es algo que sucede mucho más seguido de lo que debería, lo que provoca una reacción inmediata y hasta predecible en el alumnado: que este concluya, si bien de forma errónea, que el resto de los profesores poseen un símil comportamiento a este particular personaje y se pierda la ilusión de tener al catedrático como modelo a seguir.
Un círculo vicioso, si lo ve desde otra perspectiva, con un poco más de trasfondo. Los demás maestros, esos profesores que ponen de su empeño, que intentan en sobremanera enseñar al alumnado. recibirán un mal trato por parte de este y terminarán desanimándose; volviéndose, quizás, como el otro profesor que desconoce de los derechos de los estudiantes y hace con el tiempo (y el dinero) de ellos, lo que le conviene. Se pierde la reciprocidad, el respeto mutuo y se comienza a vivir por vivir, a echar a perder una sociedad que desfallece en valores y en principios.
Otra de las reflexiones que siempre ha captado mi interés es esta: no es tan importante el viaje como la forma en que tratamos a los que nos encontramos por el camino. Este pensamiento, acompañado con el de un poco más arriba se complementan de tal forma que resulta imposible olvidar que el respeto, aparte de una valiosa lección moral, es un estilo de vida.
Luego de la relación alumno-maestro, dentro del campus universitario también se encuentra el personal administrativo y demás auxiliares que, a más de servir a la comunidad, están presentes en cada rincón de los edificios, incluso cuando menos se los espera. Son esas personas que nos encontramos en medio del camino, que están ahí para ayudarnos del modo que tienen permitido, pero a las que pocas veces les damos el sitio que merecen. No se las trata con respeto, ni se muestra un poco de consideración al creer que, por sus cargos, son inferiores a los estudiantes y profesores. Se olvida que, en la escala de razas y criaturas de la naturaleza, todos ocupan el mismo peldaño de humanos. Que, a diferencia de los animales, se posee una conciencia moral y un juicio que nos hace iguale entre nosotros. Entonces, ¿qué tiempo nos toma saludar de vuelta al guardia que, con su uniforme pulcro y su gorrita sin torcer, te desea un buen día en cuanto llegas a la facultad muy temprano por la mañana? ¿q
ué tanto nos cuesta el tratarlos con humildad, medir nuestras palabras para que no suenen altaneras y recordar que están ahí para servir y ayudar?
Cuestión de educación, de valores. Cuestión de respeto.
Otra de las cosas que parece hemos olvidado es respetar la opinión de los demás, sin importar si nos mostramos en desacuerdo con esto. Incluso cuando se llega a creer que dicha opinión es errónea, adoptamos una posición cavernícola de con la única intención de sentirnos superior a esta persona. Como dice un proverbio turco: El que quiere una rosa debe respetar las espinas. Una reflexión que fácilmente puede aplicarse a nuestra vida diaria como estudiantes y que tendemos a olvidar cómo tratar a nuestros compañeros con quienes no compartimos ideales y pensamientos. A parte de su opinión, olvidamos sus derechos y pasamos por alto sus deseos y motivaciones, creyendo que somos los únicos que tienen permitido tener la razón. Nos volvemos sordos, nos tornamos ciegos. Nos convertimos en críticos sin saber y en especialistas sin conocer lo más mínimo sobre el tema, consiguiendo únicamente que la otra persona sienta que la ignorancia es pecado y que, en un futuro, se sienta cohibida de expresar en voz alta sus pensamientos y opiniones por miedo a que nadie oiga su opinión.
Hoy en día poco escuchamos a los mayores, poco escuchamos a los profesores que están dispuestos a compartir sus enseñanzas con el único fin de que crezcamos como hombres y mujeres de bien, que buscan encaminarnos hasta convertirnos en profesionales capaces de recomponer una sociedad civil en decadencia. Hoy en día, es poca la atención que le dedicamos a eso que no inculcaron siendo niños, convirtiéndonos en jóvenes con falta de decoro y valores, dispuestos a pasar encima de los demás sin percatarnos, o disculparnos, por ello. Los valores forman parte de nuestra esencia, del manual de funciones que se nos entrega en cuanto somos un poco más consciente de nuestras acciones y sus repercusiones; son la guía y la brújula moral que nos indica el sentido que debemos darle a nuestras acciones. Dentro de estos valores se destaca el respeto, que con sus raíces en latín de mirar hacia atrás ya sugiere que es necesario velar por nosotros mismos y por los demás, ver por ellos y por nosotros con ojos rebosantes de consideración, amor y tolerancia. En especial si lo que buscamos es convivir en una sociedad que no juzga, sino que comprende, que no desfallece, sino que tiene todo para seguir hacia delante.
La formación en estos valores no acaba en casa, ni tampoco en el colegio; es en la universidad, incluso, donde más se pone a prueba la enseñanza de estos principios y cualidades morales puesto que es el sitio en que exponemos nuestra verdadera esencia. Y es el respeto, o la falta de este, lo que demostramos con lo que decimos y la postura que adoptamos. Escuchar lo que los otros tienen que decir, entender que no todos vemos o interpretamos del mismo modo, comprender que no poseemos la verdad absoluta, no mostrarse sumiso ante cuestiones que nos hagan dudar de nuestra valía. Pequeñas acciones diarias y gestos hacia los demás y nosotros mismos, que nos recuerdan que el respeto es mucho más que un valor y una palabra de siete letras.

Referencias

Corbin, J. (s. f.). ​90 frases sobre el respeto (para jóvenes y adultos). Obtenido de Psicología y mente: https://psicologiaymente.com/reflexiones/frases-respeto
Gómez, Y. (5 de Octubre de 2016). Respeto, un valor perdido. Obtenido de Gestiopolis: https://www.gestiopolis.com/respeto-valor-perdido-ensayo/
Kanz, H. (2001). Immanuel Kant. Perspectivas: revista trimestral de educación comparada, XXIII(3), 837-854. Obtenido de http://www.ibe.unesco.org/sites/default/files/kants.pdf
Vilchis, X. (Julio de 2002). La Importancia del Respeto como Valor Fundamental de la Responsabilidad Social. Razón y Palabra(27). Obtenido de http://www.razonypalabra.org.mx/fcys/2002/julio.html





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